viernes, 10 de octubre de 2014

EL ACTOR.


Una serpiente tenía su cueva en cierta localidad. Nadie osaba pasar por allí, pues aquellos que lo hicieron habían sido mordidos mortalmente por ella. Cierta vez pasó por ese lugar un santo. Como de costumbre, la serpiente lo siguió con la intención de morderle, pero cuando se acercó al santo, perdió toda su ferocidad y quedó cautivada por su dulzura. Viendo la serpiente, el santo dijo: “Bien, amiga mía, ¿quieres morderme?”.
La serpiente quedó avergonzada y no contestó nada. Al ver esto, el santo agregó: “Escucha con atención, amiga mía; en el futuro no hagas daño a nadie”. La serpiente inclinó su cabeza en señal de asentimiento. Cuando el sabio se fue, la serpiente entró en su cueva y, desde aquel día, comenzó a vivir una vida de inocencia y pureza, sin tener el menor deseo de dañar a nadie.
A los pocos días, se corrió la voz en el vecindario de que la serpiente había perdido todo su veneno y era inofensiva, y entonces la gente comenzó a molestarla. Algunos le tiraban piedras, otros la arrastraban desconsideradamente tirándole de la cola. De este modo, sus sufrimientos no tenían fin.
Afortunadamente, después de un cierto tiempo volvió a pasar por aquel lugar el sabio, y viendo lo magullada y golpeada que se encontraba la pobre serpiente, se compadeció de ella y le preguntó la causa de tal calamidad. A eso, la serpiente contestó: “Señor, he sido reducida a este estado porque no he hecho daño a nadie después de haber recibido tus instrucciones. Pero, ¡ay!, ¡ellos son tan crueles!”.
El sabio dijo sonriendo: “Querida amiga, yo simplemente te aconsejé que no hicieras daño a nadie, pero nunca te pedí que dejaras de silbar y asustar a los demás si era necesario”. 

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