domingo, 18 de enero de 2015

EL ESPANTAPÁJAROS.

Un labrador muy avaro, que vivía en un lejano pueblo, se dio a conocer, precisamente, por su avaricia. Esta era tal que, cuando un pájaro comía un grano de trigo encontrado en el suelo, se ponía tan furioso que se pasaba el día oteando su huerto para que nadie lo tocara.
Tanto pensó en el latrocinio de los pájaros que al fin concibió una idea: construir un espantapájaros que le ayudara eficazmente en el cuidado del huerto.
Con tres cañas hizo los brazos y las piernas, con paja configuró el cuerpo, una calabaza le sirvió de cabeza, dos granos de maíz puso para los ojos, una fresca zanahoria conformaba su nariz y una hilera de granos de trigo componían su dentadura.
Cuando el cuerpo del espantapájaros estuvo a punto, le colocó un ropaje poco atractivo y lo hincó en tierra. Le echó una mirada escrutadora y se percató de que le faltaba un corazón. Cogió el más sazonado fruto del granado y se lo colocó en el pecho.
El espantapájaros quedó en el huerto, sometido al movimiento caprichoso del viento. Sin tardar mucho, un gorrión necesitado sobrevolaba muy bajito para buscar trigo en el huerto. El espantapájaros quiso cumplir con su oficio y trató de ahuyentarlo con sus desacompasados movimientos, pero el pájaro se colocó en el árbol y dijo:
-¡Qué buen trigo tienes. Dame algo para mis hijos!
-No es posible –dijo el espantapájaros-. Sin embargo, buscó una solución y la encontró: le ofreció sus dientes de trigo.
El gorrión, contento y conmovido, recogió los granos de trigo. El espantapájaros quedó satisfecho de su acción, aunque sin dientes.
A los pocos días, entró en el huerto un nuevo visitante muy interesado. Esta vez se trataba de un conejo. ¡Con qué ojos miró la zanahoria! El espantapájaros quiso cumplir con su deber de ahuyentarlo, pero el conejo, fijando su mirada, dijo:
-Quiero una zanahoria, tengo hambre.
El espantapájaros tuvo una corazonada y le ofreció su zanahoria. Luego dio rienda suelta a su alegría y quiso entonar una canción, pero no tenía boca ni nariz para cantarla.
Una mañana apareció el gallo madrugador, lanzando al aire su alegre quiriquiquí. Acto seguido, le dijo:
-Voy a prohibir a la gallina que alimente con sus huevos el estómago y la avaricia del amo, pues él les daba poco de comer.
No le pareció bien al espantapájaros la decisión del gallo y le mandó que cogiera sus ojos formados por granos de maíz.
-Bien –dijo el gallo- y se fue agradecido.
A la hora del crepúsculo, oye una voz humana que le cuenta el despido que le ha hecho el labrador.
-Soy un vagabundo, le dice.
-Coge mi vestido, es lo único que puedo ofrecerte.
-¡Oh, gracias, espantapájaros!
Ese mismo día, un poco más tarde, oyó llorar a un niño que buscaba comida para su madre. El dueño de la huerta lo había despedido, sin atender a su necesidad.
-Hermano –exclamó el espantapájaros-, te doy mi cabeza que es una hermosa calabaza.
Al amanecer, el labrador fue al huerto y, cuando vio el estado en que había quedado el espantapájaros, se enfadó tanto que le prendió fuego. Por fin cayó al suelo su corazón de granada. El labrador, riéndose, dijo: “Esto me lo como yo”. Pero al morder experimentó un cambio, su corazón de piedra se había convertido en corazón de carne.
En adelante, el huerto del labrador será un vergel y una canción donde todos podrán recrearse con la armoniosa nota del calor humano. 

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