jueves, 19 de marzo de 2015

LOS BOTES SALVAVIDAS.

“Aquí estoy yo, preparando un sermón sobre la Providencia, y se me ofrece la oportunidad de practicar lo que predico. No debo huir con los demás, sino quedarme aquí y confiar en que la providencia de Dios me ha de salvar”.
Cuando el agua llegaba ya a la altura de su ventana, pasó por allí una barca llena de gente.
“¡Salte adentro, padre!”, le gritaron.
“No, hijos míos, respondió el sacerdote lleno de confianza, confío en que me salve la providencia de Dios.”
El sacerdote subió al tejado y, cuando el agua llegó hasta allí, pasó otra barca llena de gente que volvió a animar encarecidamente al sacerdote a que subiera. Pero él volvió a negarse.
Entonces se encaramó a lo alto del campanario. Y cuando el agua le llegaba ya a las rodillas, llegó un agente de policía a rescatarlo con una lancha motora.
“Muchas gracias, agente, le dijo el sacerdote sonriendo tranquilamente, pero ya sabe usted que yo confío en Dios, que nunca habrá de defraudarme”.
Cuando el sacerdote se ahogó y fue al cielo, lo primero que hizo fue quejarse ante Dios: “¡Yo confiaba en ti! ¿Por qué no hiciste nada para salvarme?”.
“Bueno, le dijo Dios, la verdad es que te envié tres botes ¿no lo recuerdas?” 

 

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